En el actual escenario de crisis climática, pérdida de biodiversidad y vulneración de derechos, la Amazonía se posiciona como uno de los territorios más estratégicos para el futuro del planeta. Sin embargo, los discursos y acciones orientados al desarrollo sostenible, la conectividad territorial o la conservación biocultural suelen obviar una realidad crítica: la invisibilización estructural de las mujeres y niñas dentro de sus propias comunidades.
Si bien se reconoce que los pueblos indígenas y las comunidades tradicionales enfrentan amenazas históricas como el despojo territorial, la falta de acceso a conectividad, acceso a una educación de calidad, sistema de salud, la discriminación sistemática y las actividades ilegales, poco se ha discutido sobre las desigualdades que existen al interior de los hogares y territorios comunitarios. Muchas mujeres viven atrapadas en estructuras culturales que, bajo la justificación de la tradición, les asignan un rol limitado a lo doméstico, a la crianza o a labores invisibilizadas de cuidado del bosque, actividades de restauración y conservación. Esta marginación interna impide que accedan a educación, liderazgo, tecnologías, financiamiento o participación efectiva en espacios de toma de decisiones.
Desde esta perspectiva, considero que no podemos hablar de conservación justa, ni de restauración inclusiva, ni de desarrollo sostenible legítimo, sin antes abordar esta raíz profunda de desigualdad. La sostenibilidad solo será justa si parte del reconocimiento de todas las voces, incluyendo aquellas que han sido históricamente silenciadas dentro de los mismos procesos comunitarios. Como mujer amazónica, he podido ver cómo muchas niñas crecen bajo la idea de que “no es para ellas” el derecho a soñar con ser lideresas, emprendedoras, guardianas técnicas del bosque o defensoras territoriales con poder político real.
A pesar de estos desafíos, existen oportunidades clave: el fortalecimiento de las economías propias, el monitoreo comunitario con enfoque de género, los sistemas holísticos de salud, la educación intercultural con liderazgo femenino, y las conectividades intergeneracionales que revaloren el rol de las mujeres como portadoras de conocimiento y agentes de cambio.
Pero para que estas oportunidades sean efectivas, primero necesitamos transformar los patrones culturales que normalizan la exclusión. No todas las tradiciones son justas ni deben mantenerse intactas. Las prácticas que impiden que las mujeres se desarrollen en plenitud deben ser revisadas, erradicadas o reimaginadas desde un enfoque de derechos humanos y justicia de género.
Solo entonces podremos construir una Amazonía realmente inclusiva, donde la palabra “sostenibilidad” no oculte nuevas formas de desigualdad, y donde el “Buen Vivir” no sea una promesa abstracta, sino una realidad concreta para todas, todos y todes.
Escrita por: Criseyda Román
Directora del Centro de Desarrollo Sostenible de la Amazonía



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